La pesada carga del celibato

En noviembre del 2005 escribí mis puntos de vista sobre el celibato sacerdotal; hoy voy a hacer énfasis en la historia de esa institución cruel que trata de negar, a todas luces, la dimensión ineluctable del ser humano: su sexualidad.

Según leí en “La historia de la iglesia” de Jean Comby, al Concilio de Nicea en donde los obispos pensaban hacer una nueva ley que obligara a los jerarcas de la iglesia separarse de sus respectivas esposas, asistió un obispo muy respetado llamado Pafnuncio a quien le pidieron su opinión al respecto. Pafnuncio se levantó para ser mejor escuchado y dijo:

“No hay que imponer un yugo tan pesado a los clérigos ni a los sacerdotes; el matrimonio es honorable y el lecho nupcial sin tacha. Una excesiva severidad puede hacer daño a la iglesia, pues no todo el mundo es capaz de una continencia tan perfecta”.

En aquella época todos los obispos se atuvieron a la opinión de Pafnuncio pues jamás contrajo matrimonio, y al parecer, nunca tuvo pareja de ningún tipo pues fue ingresado en un monasterio desde su tierna infancia.

Ni en oriente, ni en occidente en los primeros siglos del cristianismo, existió ley alguna que prohibiera la ordenación de hombres casados, ni que exigiera a los sacerdotes casados abstenerse de las relaciones conyugales.

En el siglo IV, se prohibió el matrimonio después de la ordenación. Quien estuviera casado podía seguir con su esposa, el célibe debería seguir siéndolo. En el siglo V, el obispo de Roma exigió a todas las iglesias que impongan la abstinencia conyugal a los obispos, sacerdotes y diáconos, pero podían seguir viviendo con la esposa. (Un gato cuidando un suculento filete).

En el siglo VI se reforzó la abstinencia conyugal, un concilio quería introducir un inspector en la habitación de los clérigos. Hubo sanciones contra los que tuvieron hijos después de la ordenación.

Durante el siglo XI se seguían ordenando hombres casados, que guardaban “abstinencia” conyugal en una posible cohabitación. En el año 1074, Gregorio VII no distinguía entre sacerdotes casados antes o después de la ordenación. Se prohibió toda cohabitación bajo pena de entredicho del ministerio. Hubo protestas de este tipo:

“Esa ley es insoportable e irracional…” “Sin ayuda de unas manos femeninas nos moriríamos de frío y de desnudez…”

Fue así como en 1170, el papa Alejando III exigió que la esposa de quien se quisiera ordenar debía dar su consentimiento y ella misma debía realizar voto de castidad. Algo sumamente difícil; por tanto, el sacerdocio se comenzó a limitar a los célibes y a los viudos.

Hubo que aguardar el Código de Derecho Canónico de 1917, que estipula que el matrimonio constituye un impedimento para las órdenes, y por consiguiente para que se imponga explícitamente la ley del celibato eclesiástico.

Al final podemos darnos cuenta que lo del celibato no ha hecho más que arrojar a muchos clérigos al exceso, al escándalo, al abuso de poder, a no reconocer y criar a sus propios hijos y, sobretodo, a poner la ambición y el status temporal por encima del amor y el derecho de enamorarse y corresponder a quien les ame. En definitiva: una pesada carga.

2 comentarios:

Alí Reyes H. dijo...

El celibato es un absurdo.

Pertenezco a la confesiòn protestante, y estoy claro que, a pesar de que nuesatros ministros son casados, se ve uno que otro casos de adulterio entre los mismos, los cuales son muy notables pues se trata de hombres públicos ¿Cuànto más en la iglesia católica?

Pero si hay algo que me parece màs absurdo todavìa es LA PROHIBICIÒN DEL USO DE CONDÒN PARA LA FELIGRESÌA ¿Qué se pretende? ¿que le ganemos a los musulmanes a fuerza de densidad demogràfica? Y lo peor es que el obispo presidente de Paraguay no practica el celibato pero si, lo de la prohibición de usar condones... ¡!

Rud dijo...

Bien dicen que el cura predica pero no practica. El adulterio es un defecto muy feo, pues se engaña a alguien que presuntamente se quiere; pero ese tema es muy escabroso, habría que analizar cada caso.
Respecto del condón, es muy lamentable que casi todos los predicadores se opongan a su uso, qué falta de consciencia; es algo profiláctico. Además debemos partir del punto que somos animales sexuados y eso nada tiene que ver con las creencias religiosas… ¿O sí?
Cordiales saludos. Muchas gracias por pasar por aquí